Mi padre tenía muchos amigos y me llevaba a almorzar con ellos. Cuando vine a vivir a Buenos Aires íbamos a una parrilla en Dock Sud con un tipo que había vivido de ser estafador hasta que llegaron las computadoras al país y los bancos abandonaron los papeles, las carpetas y las firmas fáciles de falsificar.
Todas las historias de este señor, que era muy encantador y parecido a Sandro, tenían putas, cocaína, cómplices y bobos que perdían por confiar. Su cuento preferido era que una vez le pasaron un dato de una cuenta por cobrar en un banco en Tucumán a nombre de un tal Sánchez. El tipo fue a su falsificador de documentos amigos, pasó a ser el señor Sánchez y viajó en bondi abrigado con su sobretodo Glenmore de pelo de camello. El trámite para cobrar tardaba dos días, en el medio Sánchez salió de gira con el gerente, que como ya lo quería le avisó que mejor se tomara el palo porque en vez de un telex autorizando el pago venía la policía. Cuando el amigo de mi padre decía “la policía” se tocaba un huevo sin que se notara casi.
El tipo iba con el Código Penal en la guantera del auto, un día me lo mostró y me dijo que si queres cagarte en algo lo tenes que conocer, porque si no no te estás cagando en nada y sos un boludo solamente.
Había algo en la expresión del amigo de mi viejo, atrás de su cara de turro, que hacía que uno le creyera. Sin que me contara esa parte me di cuenta que el secreto de su negocio era cachar giles, entender con pensamiento frío que necesita el otro y dárselo de a poco como un suero para dormir, hasta tenerlo atado, hacerla y soltar.
A la semana de llegar a Washington a estudiar me pasaba tres horas por día en un computer Lab leyendo los diarios argentinos, preocupado por mis saudades prematuras. Un día se sentó al lado un tipo con la cara agria de los franceses y un chaleco inflable muy canchero. Enseguida me habló en español con acento colombiano, y me dijo que su país necesitaba un Pinochet (faltaban ocho años para Uribe), que era mitad francés y que las norteamericanas eran muy putas.
Se llamaba Francisco y empezó a llevarme por ahí. Yo tenía 25 haciendo una carrera de grado, así que era más grande que los demás y mi pasaporte verdadero permitía comprar alcohol para fiestas con rubias que miraba de lejos, porque me interesaban mucho menos que las chicas negras de Nigeria y de Eritrea, que huelen dulce increíble y trabajaban haciendo fotocopias en Kinko´s o sirviendo café en Au Bon Pain.
Francisco estaba en algo con todo el mundo. Cuando jugábamos a cagarnos a pelotazos en el Raquetball contra otros dos de sus amigos decía que yo era la mano derecha de un político argentina, poniéndole al asunto más color que el verdadero. Una noche, cuando tomábamos gelatina verde de vodka, Francisco me pidió que le hiciera el favor de firmarle unos papeles. Había algo con su tarjeta americana y necesitaba otra. Yo tenía la plata para vivir ese año en una cuenta del Citi. Era la plata justa, pero Francisco debía pensar que estaba más suelto por mi política irresponsable de invitación de tragos y propinas.
Francisco sembró el tema, de manera que no fuera necesario que respondiera justo ahí. Pensé en el Embajador Lamborghini, que cuando se la veía venir decía, problem, problem, problem. No tenía ganas de enfriar con él, me sentía en deuda porque me había ayudado y me gustaba que fueramos amigos, también le tenía el amor de soldado en el mismo pelotón abajo de los tiros que nos tenemos enseguida los varones.
A las dos semanas el asunto de firmar ya era un asunto. El viernes le dije que el lunes a las diez nos encontrábamos en la sucursal del Citi de Farragut North. El sábado fui por los bares y viajé mucho en el Metro, para sentirme solo adentro de un refugio nuclear con escaleras mecánicas muy largas. El domingo a la noche le hice la guerra fría a Paul, mi compañero de cuarto hijo de un pastor ortodoxo egipcio, después le pedí el despertador, lo puse a las once y le pregunté como había estado su día.
Foto: Santiago Llambí